Voy a escribir una novela

No ha llegada a la segunda página pero ya sabe el contenido de la historia. Edo aun recuerda los pasajes que la novela contiene. En muchas ocasiones recuerda incluso las palabras que usó. Recuerda más aun los momentos que pasó escribiendo aquella novela. Fue divertido, fue una época de su vida a la cual le gustaría regresar.

El libro baja un momento mientras Edo mira al frente, a la distancia, a la pared frente a el. No ve esa pared vacía donde solo hay un cable negro que sale del enchufe y se esconde tras la nevera que da inicio a la siguiente pared. Edo quiere mirar su pasado y recordar cómo escribió Músico quise ser. Pero el pasado siempre se borra y sus recuerdos son confusos. Hay tanta confusión en estos momentos. Tanta confusión. Los dedos juegan con el papel, comienzan a pasar la hoja. La mirada de Edo comienza también a bajar: abandona la pared y regresa al papel. Sube el libro mientras escucha los pasos que entran a la cocina.

Lina saca los dos pocillos que yacen boca abajo en la repisa para secar la loza. Están aun mojados pero piensa que no hay problema en usarlos ya. Los deja al lado de la cafetera que contiene un liquido negro, caliente, con un olor fuerte que llega a los dos. Lina comienza a verter el café en los pocillos al mismo tiempo que rompe el silencio:

—Voy a escribir una novela —le cuenta a Edo.

A Lina le ha estado rondando el tema en la cabeza desde hace mucho tiempo. Nunca lo ha intentado. A pesar de haber estudiado literatura, haber echo una especialización en edición y estar trabajando como editora, sus deseos de escribir una novela nunca se habían plasmado. Solo hasta esa semana cuando leyó aquel artículo sobre los transexuales en japón. Cuando terminó de leer, como no había mucho trabajo en la oficina, dejó volar su imaginación. Dejó volar su imaginación cuando caminó al escritorio. Pensó cómo amarían, cómo serían sus relaciones, cómo serían sus vidas. Dejó volar su imaginación y escribió e inventó una historia basada en sus preguntas y en las respuestas que ella misma se iba dando. Escribió en su cubículo donde generalmente editaba revistas, panfletos y, cuando tenía suerte, una que otra novela. Escribió todo el resto del día. Escribió hasta que decidió irse a la casa. Entonces dejó caer sus brazos y miró lo que había escrito. No lo leyó. Solo lo miró sabiendo que no era bueno, pero sabiendo que iba a escribir una novela.

Así se lo contó a Edo.

—Me alegra que hayas decidido hacerlo —menciona—. Me lo tienes que dejar leer —añade.

Hay un silencio. En aquella pequeña mesa donde ahora estaban los dos sentados, tomando café, había dos mundos. Lina pensaba en su novela: ¿Cómo la escribiría?. Edo pensaba en su novela: ¿Cuándo escribiría una segunda novela? Músico quise ser cayó finalmente en la mesa, totalmente cerrada. Edo puso la mano sobre el libro mientras se ponía de pie. Necesitaba aire, necesitaba caminar, necesitaba salir. No lo dijo dijo así a Lina, solo le dijo que tenía que ir a comprar algo que necesitaban. Posó sus manos en sus hombros y le besó la cabeza cuando le repitió que le alegraba que ella hubiera decidido escribir una novela. Luego salió.

Salió de la cocina, salió de la sala, salió de la casa.

Estaba anocheciendo. La oscuridad y el frió comenzaban lentamente a desplazar otro día. Un día más, se dijo Edo. Un día más en que caminaba aquellas tres calles que lo llevaban a la colina. Tres calles sin personalidad: casas uniformes que solo se distinguían por los pequeños detalles que sus habitantes ponían. Los adornos de navidad que habían olvidado recoger, el perro que miraba por la ventana, los gritos de la pareja que se colaban por las paredes. Edo los conocía bien, ya ignoraba aquellos detalles porque lo que siempre le había gustado era la colina. Aquel pequeño promontorio de tierra donde vivía la doctora Rodríguez.

Una senda a cada lado de la colina lo llevaban hasta allá. Siempre subía por la senda que quedaba más cerca a su casa. Siempre bajaba por la otra senda. Caminó cada escalón, mirando a los árboles, preguntándose por qué se sentía así.

—¿Por qué?

Las palabras de Lina debieron haberlo alegrado. Lo alegraban en cierto modo. Pero por otro lado lo hacían sentir incapaz. Ella sería ahora la escritora y él no. ¿Por qué no podía escribir su segunda novela?, pensó mientras se sentaba en la butaca, ya en la cima de la colina. ¿Por qué no podía escribir? Lo había intentado varias veces. Había comenzado tres o cuatro borradores que nunca terminaba, que nunca serían terminados. Comenzaba excitado con una idea y escribía hasta que la idea se agotaba y no podía llegar al final. A veces leía lo escrito y se daba cuenta que sus personajes eran confusos, las escenas se convertían en clichés y las acciones se atropellaban sin llevar la historia a ningún lado. Siempre terminaba furioso, sintiéndose incapaz. Dejaba de escribir, a veces borraba el archivo que llevaba la novela y se alejaba del computador.

¿Por qué no podía escribir? Las sesiones de escritura se estaban volviendo una tortura. Pero escribir era aun lo que Edo quería. Él aún quería contar historias. Él aun quería inventar historias, escribirlas y transmitirlas a otros para que las leyeran. Quizá Lina lo haga mejor, pensó y se levantó de la butaca. Pensó que él, y no ella, era el escritor. Entró en aquella pequeña casa en la cima de la colina pensando que no debería pensar así, que no debería sentir así. Saludó, cerró la puerta tras de sí y volvió a preguntarse por qué no podía escribir.