La escritura necesita ejercicio, constancia

Cerró los ojos mientras le contaba lo que había pasado con el cuento convertido en novela. La doctora Rodríguez escuchaba. Tenía el cabello cogido en un moño dejando ver su cuello largo cercado por la bata blanca. Miraba a Edo a través de unas gafas de lentes circulares grandes y un marco delgado de color negro. Edo le contó como pasó dieciocho días de noviembre escribiendo aquella novela que a la final no era más que un cuento largo. El cuento original era mejor. Había borrado la novela el diecinueve de noviembre y no había tenido el valor de volver a entrar en el escritorio cuando Lina estaba allí, escribiendo, constantemente escribiendo, con una disciplina que él envidiaba. Se sentía incómodo al verla allí, escribiendo y escribiendo mientras él no podía producir ni una palabra.

Eso era lo que había pasado el último día en que trató de escribir. Edo leyó rápidamente lo que había escrito el día anterior, que no era mucho realmente. Había tratado de continuar donde había dejado el relato. Escribió la primera oración tres veces, la segunda tres veces y las leyó pensando borrarlas. Miró a su derecha mientras decidía qué hacer y allí estaba ella, como todos los días, escribiendo sin detenerse.

—¿Cómo puede escribir tanto?

La doctora Rodríguez no contestó y siguió escuchándolo. No era la primera vez que pasaba. Desde más o menos el quince de noviembre había sucedido lo mismo. El trataba de escribir. No podía. Miraba a Lina y sentía celos. ¿Por qué sentía celos? ¡Él la amaba! Pero sentía celos. Sentía envidia. Él era el escritor. Pero era un escritor que no podía escribir. Sentía envidia de que ella pudiera escribir tanto. Sentía celos de que escribiera sin parar. No sabía aún que tan bueno era lo que ella escribía. Pero por algún motivo pensaba que era bueno.

La doctora Rodríguez lo miró callar. Lo observó recostado mirando el techo y buscando soluciones. Ella no se las daría. Ella escuchaba únicamente y daba algunos consejos. Lo miró cerrar los ojos un breve momento. Lo miró abrir los ojos y finalmente mirarla.

—¿Has intentado escribir todo esto que sientes?

Cada día, fijar una hora determinada y sentarse a escribir lo que había sentido aquel día, reflexionar sobre ello, quizá escribir lo que había pasado y mirar si había alguna conexión entre los sucesos y los sentimientos. Ella lo hacía. Desde hacía mucho tiempo ella llevaba un diario.

¿Llevar un diario?, se preguntó a sí mismo mientras sus ojos regresaban al techo. Lo había pensado antes. Una vez, durante su servicio militar. Como siempre tenían que llevar una libreta en el bolsillo, él había pensado usarla para escribir una o dos oraciones de lo que había pasado aquel día. No lo había hecho a la final. Había dejado escapar la idea. No era una mala idea. Era también una forma de recolectar ideas.

—Como es un diario, vas a poder escribir sin tener que presionarte por la calidad de lo que escribes.

Le pareció ver una pequeña araña caminando en el techo. Un pequeño punto negro que se movía hacia su derecha, intentando llegar a la pared. Fijó su mirada en ella y la araña pareció detenerse. Edo cerró los ojos. Le gustaba la idea. Él sabía que la escritura necesita constancia. Un diario le permitiría ejercitar la escritura sin tener que pensar que tan bueno era lo que escribía.

—No lo hago normalmente, pero te voy a dar uno de mis diarios. El primero. —Edo escuchó el abrir y cerrar de un cajón—. Puede ser un buen ejemplo de qué escribir.

El diario sería también un psicólogo, un oído, un recurso para combatir el estrés, para poner todo lo que no le gustaba, todo lo que le hacía sentir incomodo, todo lo que… todo.

Cada paso le tomaba dos minutos. Miró la libreta de nuevo, leyó un poco y descendió la escalera de nuevo. Miró al frente y con cierta sorpresa se dio cuenta que bajaba la colina. La doctora Rodríguez se había esfumado. Todo, desde el momento en que recibió aquella vieja libreta, lo había hecho automáticamente. Como si no fuera él; como si fuera una extensión de él. No era la primera vez que pasaba. Muchas veces sentía que las cosas pasaban con él, por él, pero sin su voluntad. Era difícil de explicarlo. O quizá no: las cosas pasaban mientras su mente divagaba. Y ahora, mientras su mente divagaba, Edo ya había bajado la colina. Miró hacia atrás, como tratando de encontrar sus acciones y pensó que su diario rescataría aquellas acciones olvidadas que su cuerpo ejecutaba por si mismo. Quizá esas acciones, algunas de ellas, eran importantes. Quizá algunas de ellas necesitaban ser rescatadas y, por qué no, ser convertidas en ficción.

Pero quizá lo más importante de llevar un diario era simplemente ejercitar la escritura. Un diario le daría la oportunidad de escribir todos los días, así no tuviera un proyecto literario. Edo era consiente de que la escritura era una labor, que necesitaba práctica constante, diaria. Cada vez que dejaba días sin escribir lo sentía más: era más difícil sentarse y enfrentar la página en blanco. El diario era quizá una buena idea, pensó y abrió el viajo cuaderno de nuevo y leyó desde el principio:

“Agosto 14. Este cuaderno se abre por primera vez para recibir mis quejas. Porque hoy solo tengo quejas. ¿Cuándo fue la última vez que pude agradecer al mundo algo?”

Leyó y caminó hasta llegar a la casa. La puerta estaba abierta. Lina estaba en la puerta, viéndolo, sonriendo. Lina le sonreía.

—Acabé el borrador —le dijo—. Acabé el borrador.