Sobre la escritura del borrador

—Acabé el borrador —le dijo apenas Edo llegó.

“Acabé el borrador”, dijo Lina el 27 de Noviembre. Tres días antes del final del mes. Lina lo había logrado: había escrito su novela en un mes. Dos era una realidad. Sí, aun necesitaba editar el texto, pero la novela en sí ya estaba escrita.

Lina no le dio tiempo de entrar cuando lo tomó de la mano, lo llevó a la sala y lo sentó en el sofá. Lina tenía ya el manuscrito en su mano izquierda. Una vez Edo estaba sentado, ella, frente a él, extendiendo los brazos con el manuscrito, le ordenó que lo leyera. ¡Lina lo había imprimido! Hace tanto tiempo no tenía un manuscrito de verdad. Había estado editando artículos de revistas y suplementos dominicales para diarios regionales. Pero ahora tenía un manuscrito de una novela, su novela. Un manuscrito que Edo ahora agarraba con ambas manos, creando un puente entre ellos, una conexión que se repitió arriba, entre sus miradas. Lina sonrió con ciertos nervios y dejó ir el manuscrito. Edo leyó el título, vio el número uno bajo éste y comenzó:

—Espera —lo detuvo Kasumi.

Tomándolo suavemente de los hombros lo alejó de ella. Los dos estaban sentados en la cama, uno al lado del otro. Los dos estaban desnudos de la cintura para arriba. Se miraron a los ojos. Tony quería volver a su piel, pero los ojos de Kasumi querían decir algo y él quería escucharlo. Kasumi cerró los ojos al mismo tiempo que bajaba levemente su rostro. Separó su mano derecha del hombro de Tony y con ella ocultó los pequeños senos. Su mano izquierda yacía en la cama, debajo de la mano de Tony.

Leyó y leyó y pidió un café y leyó. El café llegó, tomó un sorbo y siguió leyendo. Entre sorbo y sorbo siguió leyendo. Estaba impresionado con la calidad de la novela. Sí, estaba llena de errores de ortografía a pesar de las habilidades de Lina en el teclado. Habían algunas oraciones que repetían lo que ya había sido dicho y algunos pasajes que eran un poco aburridores. Pero en general, la organización de las escenas, aunque simple, funcionaba bien. Los escenas retrospectivas le daban justo la información necesaria. Todas las partes estaban inteligentemente puestas. Los diálogos y descripciones necesitaban trabajo. Quizá uno que otro podían ser eliminados. Pero en general, todo estaba en su lugar. Todo estaba donde debería estar.

Edo llegó al final. Dejó el manuscrito sobre la mesa. Miró al frente. Miró el manuscrito y la taza que aun tenía café.

—Es muy bueno —le dijo a Lina que ahora se sentaba a su lado.

—¿Te parece? —Se alegró Lina.

Discutieron la novela: qué podría cambiar, qué podría ir de un lado a otro, qué podía ser eliminado, qué le había gustado. Discutieron sobre la novela en aquel sofá. Hablaron de ella mientras cenaban y se acostaron pensando en ella. Pero Edo no pudo dormir. Al igual que en el consultorio de la doctora Rodríguez, Edo miraba el techo. Sentía alegría, celos, entusiasmo, orgullo. Estaba tan orgulloso de Lina pero tan defraudado consigo mismo. ¿Por qué? ¿Debería escribir todos esos sentimientos en un diario como lo habían pensado con la doctora Rodríguez? ¿Por qué? Pensó que Dos era mejor que Músico quise ser. ¿Cómo Lina había logrado escribir una novela así? Edo dirigió su mirada hacia ella. Lina dormía a su lado. La miró con amor. Sacó su mano que yacía debajo de las cobijas y le acarició el cabello. Le acarició el cabello mientras le decía: “enséñame a escribir”.