El cuento y la novela

No estaban saliendo tan mal los cuentos. Necesitaban aun trabajo pero Edo estaba satisfecho con el resultado. Un poco más de trabajo y aquel material que había escrito durante aquellos dos meses podría incluso publicarse. Había un cuento en especial que llamaba mucho su atención. En aquel instante Edo estaba precisamente mirando la última página de aquel cuento. Podría convertirlo en una novela, pensó. ¿Pero qué tendría que hacer para ello? A la final una novela no es un cuento largo. Un cuento no es una novela corta. La novela y el cuento son dos géneros diferentes. Y aquellos dos meses que había pasado escribiendo cuentos le habían enseñado aquellas diferencias. La brevedad del cuento necesita un tratamiento diferente de los personajes. Así mismo las descripciones y los diálogos necesitaban ser más compactos. En general, los bloques de escritura tenían que ser tratados de forma diferente: abstrayendo tan solo lo esencial. Pensó además que el cuento necesitaba concentrarse más en la acción en sí. Acciones que tenían que describir un suceso en espacios temporales más específicos que los que permitían una novela. Un cuento no puede abarcar la vida de un personaje como lo puede hacer una novela.

Algo que le había gustado de los cuentos era como el final tenía que ser impactante. Un cuento no se lee en varias sesiones, pensó, y por eso debe dejar una marca instantánea en el lector. Al menos eso era lo que quería Edo en sus cuentos. Y eso era también lo que le gustaría tener en cada capítulo de sus novelas. Quizá podría organizar su novela como una serie de cuentos. Cada capítulo podría tener esa consistencia, esa abstracción, ese enfoque que los cuentos tenían. Y por supuesto ese final que él esperaba de los cuentos. ¿Pero cómo haría entonces para extender aquel cuento en una novela? Levantó la mirada y buscó respuestas inclinando la cabeza levemente a su lado derecho. Pero en vez de respuestas vio a Lina que parecía dibujar algo en un papel. Le quiso contar lo que pensaba, pero no lo hizo.

Tenía dos opciones: reescribir la historia que contaba en el cuento o añadir pasajes al cuento. Quizá la primera opción era mejor. A la final la novela no es un cuento largo, ¿no?. Aunque pensaba poner en práctica lo que había pensado aquella noche sobre el cuento en la construcción de los capítulos, la novela tenía que ser estructurada de forma diferente: los personajes necesitarían más desarrollo, más profundidad; los escenarios deberían ser mejor descritos; las acciones deberían ser también mejor descritas, más detalladas y, en general, todo debería ser menos abstracto para permitir la construcción del mundo que necesitaba en la novela. Entonces quedaba la primer opción, escribiría la historia desde el principio. Pero no comenzaría hoy. No era aun noviembre. Empezaría el primero de noviembre, junto a Lina y su idea de una novela y NaNoWriMo.

Con la decisión de escribir la novela desde cero, cerró el computador y se levantó de su escritorio. Caminó hasta donde Lina estaba, le besó la corona de la cabeza y le dijo que se iba a bañar.

Del cuento a la novela

Primero de noviembre. Edo comenzó a escribir la novela basado en el cuento que había elegido un par de días atrás. Escribió, se detuvo, leyó lo que había escrito, escribió más, se detuvo de nuevo, releyó, editó y siguió escribiendo. Luego corrigió y leyó las tres páginas que había escrito en aquellas dos horas. Nada mal, pensó. Era un buen comienzo. Miró las estadísticas del documento: 732 palabras. Y lo mejor es que le gustaba lo que había escrito.

Lina también escribía. Solo escribía. Se le veía totalmente concentrada frente al computador oprimiendo teclas sin detenerse. ¿Cuántas palabras habrá escrito?, se preguntó Edo mientras la miraba. No importaba. En esos momentos no importaba. Lo que importaba era comer algo. Edo tenía un poco de hambre. Se levantó del escritorio y se fue a la cocina. En la nevera vio aquella torta de queso que habían comprado el día anterior. Se veía fresca, dulce. Aquel contraste de un exterior crujiente y un centro blando le abrieron más el apetito. Cortó dos pedazos, puso uno en cada plato y sirvió dos pocillos de café. Puso todo en una bandeja y volvió a subir al estudio. Lina seguía escribiendo, aun estaba concentrada, pero sonrió al ver la torta y el café. Se detuvo, se levantó y se fue a sentar junto a Edo en el pequeño sofá.

Décimo día de noviembre. Edo siguió escribiendo la novela basado en el cuento que había elegido un par de semanas atrás. Escribía, se detenía, leía lo que había escrito, editaba, pensaba qué escribir, escribía más. Edo sentía que había escrito más palabras que el día anterior, pero el total de palabras apenas si incrementaba. Se detuvo y leyó de nuevo el resultado del día. Le gustaba, no estaba mal lo que había escrito hasta aquel día, pero el echo de que el total de palabras no aumentaba le estaba comenzando a mostrar que la novela no avanzaba. Uno de los problemas era que tenía que leer escenas anteriores para ver lo que su personaje había hecho o cómo lo había descrito. ¡Sus personajes parecían contradecirse todo el tiempo! Por hoy había terminado. Ya no tenía ganas ni energía para continuar. Miró a la derecha: Lina escribía, concentrada, siempre escribiendo.

Decimoquinto día de noviembre. Edo leía la novela que había estado escribiendo todo aquel mes. La leía y releía y pensaba qué cambiarle, qué añadirle. Pero no se le ocurría nada. Lo único que se le ocurría era comenzarla de nuevo, desde otro enfoque. Volvió a leer. No estaba tan mal, pero no era una novela. ¡Era un cuento largo! Más largo que el cuento original pero aun seguía siendo un cuento. Le dio rabia y cerró el computador con un gesto rápido de frustración. Se levantó del escritorio y después de ver a Lina, que escribía sin detenerse, salió del estudio. Bajó las escaleras de mal genio y entró en la cocina. En la nevera había una torta fresca de chocolate. Aun estaba en la caja, completa, sin comenzar. La sacó de la nevera, cortó un buen pedazo y se lo comió allí, de pie, solo, sin café.