Ficción y realidad: cómo se convierte la vida en ficción

Ficción y realidad

Ficción y realidad

Ella ya estaba sentada en la única mesa que tenía el café. Frente a ella un estante de libros. De aquel estante sacó el libro que leería mientras lo esperaba. Al regresar a la mesa donde el café ya estaba servido, se detuvo un segundo para ver la réplica del cuadro de Miró que estaba colgado en la pared opuesta. Ella tenía una réplica idéntica en su consultorio, pensó, pero no le sorprendió para nada: este café, al igual que el consultorio, no le pertenecían a ella.
Al escuchar la puerta, la doctora Rodríguez bajó el libro inmediatamente, pero no giró su rostro a la izquierda para verlo. Dejó su mirada en el estante de libros y espero que Edo se sentara frente a ella y le impidiera leer los títulos que aparecían: The Quiet American, Ham on Rye, Izu no odoriko y otra copia de la novela que leía Músico quise ser.
—Veo que leíste mi novela —saludó Edo mientras se sentaba y veía el libro que yacía cerrado sobre la mesa.
—Si, como lo querías —dijo un poco molesta: ni sus acciones le pertenecían.
—¿Qué te pareció?
—Interesante.
—¿Interesante?
—Interesante
Edo no intentó preguntar qué quería decir ella con esa palabra. No era exactamente lo que esperaba. La miró, sin embargo, para tratar de sacar de ella otro comentario sobre su novela. Pero tuvo que desviar su mirada porque la muchacha que atendía el café había aparecido al lado de la mesa y esperaba su orden. Pidió un café helado.
—¿Me hiciste venir a este café para hablar de tú novela? —llamó su atención la doctora Rodríguez—. Es un nombre interesante el de este café: “Palacio de Loci”. ¿Es tu palacio mental?
—No te hice venir.
—Hubiéramos podido vernos en el consultorio como la vez pasada.
¿Estaba de mal humor? Él no la había hecho venir hasta acá. Había sido una invitación y ella muy bien hubiera podido decir que no. Además no la había invitado para hablar sobre su novela, aunque la verdad había estado pensando en ella en los últimos días.

Memorias

—Es una novela autobiográfica —adivinó sus pensamientos la doctora Rodríguez—. ¿Cierto?
—De cierta forma todas las novelas son autobiográficas.
—En cierto modo.
Edo estiró la mano y tomó el libro que yacía cerrado sobre la mesa. Su primera y única novela. Sí, aquel libro era, definitivamente, una autobiografía. Quizá la palabra Memoria era más precisa, Edo no se había limitado a contar parte de su vida. No, había muchas escenas y personajes que él había creado.
—Sí, es mi historia —confesó Edo—. Utilicé mi historia como argumento. La mayoría de las escenas son recuerdos que me persiguen, la mayoría de los personajes son reales, la mayoría de los escenarios los pisé yo mismo —la melancolía lo hizo suspirar—. Sin embargo, las acciones específicas, los diálogos y la mayoría de detalles los cree para enriquecer la historia. Me imagino que es imposible, y limitante, ser fiel a la realidad.
—Verdad. Por el simple hecho de ser recuerdos, el pasado está lleno de ficción.
La mesera volvió a aparecer y mientras ella dejaba el café, el azúcar y la leche sobre la mesa, Edo y la doctora Rodríguez permanecieron en silencio, mirándose a los ojos, quizá a los labios también.
—Muchas de las novelas que leo ahora son memorias —continuó Edo cuando la mesera había desaparecido de nuevo—. He prácticamente devorado los libros de Henry James y estoy comenzando a hacer lo mismo con Bukowski.
—Traté de leerlo. Pero no me gustó
—¿Qué novela leíste? —preguntó Edo interesado.
Post Office
—Lee Ham on Rye. Es la mejor.
—Quizá lo haga —mintió la doctora Rodríguez—. Me gusta mucho Graham Greene.

Nuestras experiencias

Argumentos inventados en escenarios vividos

Edo levantó su mirada con alegría. Sonrió. La miró. ¡Edo conocía muy bien a Graham Greene! Había leído casi todas sus novelas y aún consideraba The Power and the Glory como una de sus novelas favoritas.
—Graham Greene usa la experiencia de una forma diferente —sentenció Edo, un poco petulante—. Graham Greene utiliza los escenarios donde vivió, los temas que lo atraían de esos escenarios y algunas vivencias que había tenido en ellos, pero el argumento de sus novela es ficticio: las escenas son construidas en su totalidad, así como los diálogos y los personajes.
—Sí —desechó su petulancia—. Leí una biografía de él. Su vida misma parece una novela.
—Es lo que quiero también de mi vida. Quiero que mi vida sea interesante de leer.
La mano de la doctora Rodríguez se acercó al pocillo de café que había sido milagrosamente lleno. Acercó a sus labios, pero antes de que estos tocaran el líquido, regresó el pocillo al plato. Le molestaba pensar que nada de lo que estaba pasando había sido decidido por ella. En vez del café tomó la pequeña galleta que estaba al lado del pocillo y se la llevó a la boca.
—¿No es más fácil usar esta estrategia para escribir?
—Para mi lo sería —confesó Edo—. Cuando estaba escribiendo Músico quise ser, tenía la tendencia de ser fiel a los hechos. Tenía que repetirme constantemente que mis experiencias eran tan solo un instrumento para crear la novela y que tratar de ser fiel a lo que había pasado era una barrera innecesaria que podía afectar la calidad de la novela.
Edo miró de nuevo la copia de su novela que aún yacía sobre su lado de la mesa. Como alejando el pasado, empujó el libro hasta que este quedó cerca del café que la doctora Rodríguez estaba ignorando. Ella recibió su pasado, lo abrió al azar y leyó en silencio el párrafo que apareció frente a ella.

Explorando realidades alternas

—Quizá deberías escribir este libro de nuevo bajo otra perspectiva —propuso la doctora Rodríguez mientras bajaba el libro.
—Lo he pensado. Utilizar tan solo los temas que quería explorar e inventar el resto.
—¿Qué temas querías explorar?
—El fracaso —tras una pausa—, y la amistad.
—Quizá podrías crear una realidad paralela, un mundo donde las cosas sucedieron de una forma diferente. Reinventar la realidad.
—Sería un buen experimento. Pero no creo que lo haga. Ya quiero dejar esa parte de mi vida atrás. Ahora esa etapa de mi vida es tan solo una novela.
La mesera apareció de nuevo y llenó el pocillo de café. Edo, a diferencia de la doctora, tomó el café sin pensar quién decidía llenar o no su taza. Tomó un sorbo largo que quemó su garganta. Sintió el calor bajar por su pecho y caer pesadamente en su estómago.
—¿Qué método vas a usar para tu próxima novela?
—No sé, pero quizá hable sobre nosotros.
—O sea —lo miró seriamente la doctora Rodríguez—. ¿Fantasía o esquizofrenia?
—¿Fantasía?
—Esquizofrenia.

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